viernes, 30 de septiembre de 2011

Tendemos los besos


Llueve retazos de ti

sobre un diálogo silente

Llueve retazos de mí

en una sucia y negra nieve


A cántaros nos deslizamos

hacia alcantarillas sedientas:

depósitos de lagrimales vahos


Llueve retazos de ti

sobre la colina de mi vientre

Llueve retazos de mí

sobre tu costra-simiente


Sin atino, nos escurrimos los besos,

los tendemos a la gris intemperie

Y, ahí, ésos, tan deseados, en sotavento

se secan en decrepitud acrílica.


Virtudes Montoro López © 2011

sábado, 10 de septiembre de 2011

Lloro una vida entera, la mía, ésa que no debería serlo, pero lo es.


“Preferiría hundirme un segundo en tus brazos que vivir cien años soñando hundirme en ellos”.

Al terminar de leer esta frase, dejó el libro caer en su pecho y abrazado a él, emitió un sordo quejido. “Preferiría hundirme un segundo en tus brazos….”, repetía una y otra vez, mirando al techo, varada en esas mismas palabras que no podía dejar de decírselas.

“Quizá nunca sea feliz y, ¿qué es serlo? Esto parece una pandemia, debemos ser felices, ¡DEBEMOS! En todos lados, en cualquier medio especializado nos bombardean con la felicidad, ¡ah, qué asco! Sé que nunca lo seré, feliz, quiero decir. Y sé que tú eres la causa. Me bastaría morir viendo tus ojos, un segundo, solo un segundo, para ver recompensada esta vida de mierda que llevo”

Dejó el libro caer sobre la mesa, pensaba que su vida era igual que el de la protagonista de “Mientras te espero”, Sara. Al igual que ella, no encontraba en su vida, ni fuera de ella, ningún aliciente para saborear eso que llaman felicidad.

“Siento un intenso deseo de estar muerta, de no levantarme, de que este sea el último instante en el que estoy aquí, de crujir en mil pedazos y desaparecer. Así es como me siento, no voy a camuflármelo a mí misma, hoy no”

Volvió a dejar “Mientras te espero”, este párrafo la había dejado estupefacta. ¿Es así como también se sentía ella? ¿Deseaba la muerte al igual que Sara? ¿Hasta tal punto llegaba su desesperación?

-Sinceramente, no lo sé. Un terremoto catártico, un espeso reflejo en un espejo sucio, una errante vida, eso es lo que ¿soy? ¿Soy una muerte anticipada? ¿Las ascuas de una vida distinta a la mía? ¿El resplandor de lo que pudo haber sido y no fue?

No, soy algo más, algo que me mantiene en pie, aunque me tiemblen las piernas del peso. En pie. ¿Me bastaría ver tus ojos reflejados en los míos para morir plena?-

Arrancó a llorar, como nunca antes había llorado, temblando por dentro, gritando una angustia vital que la consumía.

-Lloro una vida entera, la mía, esa que no debería serlo, pero lo es. No, no me bastaría, ni hundirme en tus brazos. No, no quiero morir si no te tengo, no quiero regalarte lo que no es tuyo, ni mío. No eres tan grande, ni tienes tanto poder sobre mí. Eres la ridícula excusa que he inventado para ser una infeliz.-

Yo la observaba en silencio, desde mi ordenador, separado de ella por una mampara de vidrio. El informe del diagnóstico me mantuvo unos minutos ocupado, por eso le dije que tardaría unos minutos en atenderla. Mientras, ella leía con tal devoción, que me entretuve más de la cuenta mirándola.

Dejé de escribir cuando empezó a llorar y a balbucear. Me quedé quieto, como si un solo movimiento mío fuera a desvanecer el momento.

Lo cierto era que no podía dejar de mirarla, de sentir su propia agonía como mía. Como si mi tristeza se hubiera propagado al igual que una banda de virus y la hubiera alcanzado a ella, de lleno.

Desde que las pruebas analíticas confirmaron el diagnóstico no podía dormir, apenas me entraba la comida y andaba distraído, revuelto. No me atrevía a redactar el informe hasta que llegó el día de la cita y tuve que hacerlo en ése último momento.

Yo presentía que ella ya sabía los resultados, por eso comprendí que lloraba su vida entera, esa que no debería haberlo sido, pero lo era. Ésa que tuvo que vivir a mi lado, y que ya nunca viviríamos.



Virtudes Montoro López © 2011

viernes, 5 de agosto de 2011

Como vivos muertos


A veces, escondida tras una sonrisa, se parapeta un dolor sórdido, viejo y conocido, que se camufla entre los inexistentes pliegos faciales.

Es entonces cuando no se escucha a nada ni a nadie, la mirada se queda varada en un punto fijo, inmóvil, y un dolor repentino pincha nuestros ojos, arrancando unas falsas lágrimas que recorren un camino ya surcado.

Ahí, como vivos muertos, no siendo nada, sentimos el peso cotidiano de la decepción, de las pequeñas batallas diarias perdidas.Pensamos en lo que pudiéramos haber sido y que ya nunca seremos, y serenos, aceptamos que menguamos a cada segundo, y, que ya, nada podemos hacer para cambiar lo que hicimos.

Decidimos olvidarlos o crucificarnos, aprender de ellos o reprendernos, liberarnos o aferrarnos a nuestros errores. Decidimos, en ese mismo instante, vivir o condenarnos.

Independientemente de lo que decidamos, seguiremos dedicando falsas sonrisas a la vida.



Virtudes Montoro López © 2011

martes, 26 de abril de 2011

Aquella tarde nos dijimos adiós


Te sentaste despacio en una destartalada silla que llevaba siglos esperándote. La vida se te escapaba rápidamente, pensaste, los días pasaban como monótonos desfiles de esqueletos.
Sabías, como el prisionero en el corredor de la muerte, que ésta llegaría pronto. No valía la pena correr para esconderse. Sabías que la parca nunca se equivoca de puerta, y la tuya ya estaba entreabierta, esperándola.
Creo que nunca viste los colores tan brillantes como aquella tarde, el verde de las hojas caprichosas de la higuera parecían fluorescentes, los destellos del abigarrado sol tenían una rotunda fuerza, tanto, que notabas como se introducían bajo tu piel, como recorrían tus venas y te aceleraban el corazón.
No era una tarde cualquiera, era esa tarde; la que elegiste para ordenar los pensamientos que desde hacía tanto te atormentaban, la tarde en la que aceptaste tu final.
Con determinación volviste a mirar a la higuera, a sus frutos suicidas desparramados en el suelo, inhalaste con desesperación, a bocanadas, todo el aire del que fuiste capaz. Acariciaste tu piel, absorbiendo la calina que desprendía.
Durante un largo minuto cerraste los ojos, imaginando cómo sería no ser, no existir y una inmensa calma se apoderó de ti.
Durante ese largo minuto, escruté tu rostro, como si fuese la primera que te veía, me descubrí observándote atentamente, en sigilo, sorprendiéndome de la belleza de tus facciones.
En silencio recorrí tus carnosos labios, tus generosas pestañas, tus angulosas mejillas y tu tez color aceituno. Me fijé en tus manos, en su gran tamaño y cuando abriste los ojos, los míos se clavaron en el verde grisáceo de los tuyos.
Notaste que no dejaba de mirarte, entonces me sonreíste, con esa risa burlona que dedicabas a las cosas que amabas, entre las que estaba yo, y presentiste que sabía lo que tú sabías, que tus pensamientos eran también míos, que me asolaba esa sensación de vacío que te habitaba.
Sin decirnos nada, no dijimos adiós aquella tarde soleada de verano, cuajada de brevas en precipicio y de sol, cuajada de recuerdos luminiscentes que aún todavía destellan en mi memoria.



Virtudes Montoro López © 2011






jueves, 20 de enero de 2011

Llevémonos a rastras



Aunque nunca nos cicatrice,

aunque creamos que no nos sana

aunque te duela más que a mí;

mírame a los ojos con calma


Ve mi deseo, mi libertad,

mira mis manos amputadas

la desquicia que las cercenan

Mírame de nuevo, sin mapas


Encúbrame, ondea tu bandera

Transciende mi tierra apaleada

reescríbeme, invéntame un nombre

llevémonos a cuesta, a rastras


Virtudes Montoro López © 2011